recargada en su pecho, después de unos segundos, pude oirlo dejar de latir poco a poco, se despidió de la manera más sublime, con un compás dulce y tranquilo, como si ya supiera que la muerte se aproximaba. Te vi a los ojos y ya no reconocí el brillo que siempre te caracterizaba cada vez que me mirabas, tomé tu mano tan fuerte que parecía que la vida del mundo entero dependía de ésa unión, susurré a tu oído lo nunca antes dicho y pensado, te acaricié el cabello, te besé por última vez y tome tu chamarra aún con tu aroma impregnado y me la puse. Salí, encendí el coche y regresé a casa. Me senté en la cama todavía caliente por tu cuerpo antes recostado ahí, mirado al mismo lugar dónde te encontré agonizando 3 horas antes. Tomé tu almohada, me acosté en ella, comenzé a hablar con tu presencia y me quedé dormida queriendo jamás despertar. Nunca desperté porque sabía que no ibas a regresar.
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